Dos genios a la mesa capresi
Miguel Ángel Almodóvar
En 1906, el gran escritor soviético Máximo Gorki, autor de obras inmortales como La Madre, Los bajos fondos, Los enemigos, Mi infancia La confesión, o Los hijos del sol, cinco veces nominado al Nobel de Literatura, abandonó su país, huyendo de la brutal represión zarista, para, después de un periplo por Estados Unidos y Canadá, refugiarse en la isla italiana de Capri, donde, junto a su mujer, la actriz María Andréiéva, residió siete años, hasta 1913. Precisamente ese último año fue a visitarlo, como ya habían hecho con anterioridad un sinfín de grandes figuras intelectuales de medio mundo, el muy prolífico escritor y activista social Stefan Sweig, quien dejó sus impresiones escritas sobre aquel encuentro en su obra Hombres de genio.

Llama la atención la diferente percepción que ambos tuvieron sobre aquella jornada, que Gorki, por su parte, relató en su Diario personal. Y, como casi siempre y para empezar, me detengo en la peripecia gastronómica.
Gorki lo resume de manera bastante displicente y en línea y media: “Almorzamos ya tarde en I Due Amici unos estupendos tagliolini y jugamos una partida de ajedrez”. Sin embargo, Zweig lo relata como algo extraordinario y pormenoriza: “Almorzamos un espaghetti de pasta fina en un restaurante con vistas al puerto, donde él tiene su mesa. Aún hoy me acuerdo del salami con pan tostado y del vino proveniente de las viñas del monte Solaro, leve y tan fácil de beber, servido en pequeños vasos transparentes. Sin entender por qué me sentí, súbita e inesperadamente, feliz durante aquella hora”.
Más allá del tan distinto impacto que el momento provoca en sus dos protagonistas, al que inmediatamente volveremos, intentando poner todo el foco en el plato y para ello recurro a la sabiduría culinaria de Giuseppe Procentese, el cocinero de Luna Rossa, el mejor restaurante napolitano de Madrid. Me asegura que lo más probable es que este fuera Pasta alla Cetarese, una fórmula tradicional que remite a la localidad de Cetara, en la Costa Amalfitana, antiguamente afamada por el exquisito garum que en tiempos del Imperio Romano competía con los de Gades y Cartago Nova. En esencia, consiste en una salsa que se prepara con anchoas y aceite de oliva, en infusión de la generosa piel de los enormes limones de Capri e hinojo salvaje. Eso sí, ni tagliatelle ni espaghetti, tan al gusto y uso de Massimo Bottura, el triestrellado chef modenés, sino capelli d’angelo, mucho más finitos, como su propio nombre indica, que los vermicelli típicos del sur de Italia.

Me los sirve, nunca fuera caballero tan bien servido, la propietària i ànima de local, Anna Carla Zucchini, precedida de una Salata Caprese ilustrada y en compaña de un Langhe Nebbiolo, elaborado en Barolo y seguramente muy próximo a aquel que Galileo Galilei le ofreció a su buen amigo y Siervo de María Paolo Sarpi, la noche que le hizo mirar a través de su tubo de lente, para convertirlo en el segundo humano testigo de que Júpiter tenía satélites a su alrededor.
La Pasta alla Cetarese que nos ha traído esta vez a Luna Rossa, se convierte en una delicia sutil y referente palatal de la cocina sabia y honrada, que, elaborada con pocos y magníficamente medidos ingredientes, no precisa de los revuelos enmascarativos hoy tan en boga. Colosal de la colosalera, como todo en el local, por cierto y verdad.

Volviendo a la dimensión psicológica de los impactos, llama poderosamente la atención la descripción que hace Gorki de Zweig: “Aunque dueño de una vasta cultura, sufre de una visión pesimista que le mortifica. Lo más probable es que haya en él una incapacidad para ser feliz, de serlo de manera totalmente despreocupada”.
Pues resulta que el 22 de febrero de 1942, desesperado ante el futuro de Europa y su cultura, se suicidó junto a su segunda esposa Lotte Altmann en Petrópolis, un municipio del Estado brasileño de Río de Janeiro. Dejó una carta sobre la mesilla de noche que concluía diciendo: “Mando saludos a todos mis amigos. Ojalá vivan para ver el amanecer tras esta larga noche. Yo, que soy muy impaciente, me voy antes que ellos”.
Fino olfato el de Alekséi Maksímovich Peshkov, de pseudónimo Gorki, que en ruso significa amargo.




