Con un par de estrellados huevos

Huevos estrellados
Huevos estrellados

Miguel Ángel Almodóvar

El pasado jueves 16 de abril, la Galería Nikon, sita en el siete de la calle Reina Mercedes de Madrid, abrió al público una cautivadora exposición fotográfica, que, bajo el título de Lucio Blázquez, Tabernero Mayor del Reino, pretende ser un sentido homenaje, tanto al artífice de los míticos huevos estrellados, como a: “… una forma de vivir Madrid que todavía sigue muy presente”.

En la inauguración, amén de un sinnúmero de amigos y admiradores, estuvieron presentes el propio Lucio Blázquez, con sus 93 primaveras a la espalda, sus hijos, María del Carmen, Fernando y Javier, y Mónica, su cuidadora desde hace algunos años. Así pues, tributo y reconocimiento en vida, como debe ser y como tampoco suele ser en la España machadiana que con tanta frecuencia nos hiela el corazón.

La exposición, sorprendente, didáctica y nostálgica, ha sido posible gracias al titánico esfuerzo de Bernardo Paz, uruguayo de nacencia, y fotógrafo de raza en extinción, quien, con un material original absolutamente heterogéneo, abigarrado y dispar, ha obrado el milagro laico de armar y poner en pie una muestra congruente, consistente y enormemente atractiva.

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Así, ante el pasmo rafaelista de Sicilia y el del publico espectador, las paredes de la Galería Nikon se han llenado con más de 120 imágenes de historia madrileña, de sabor castizo, y de gastronomía de otro tiempo en la que aparecen rostros como los de los tan grandes y doctos Néstor Luján o Lorenzo Díaz, cuyos huesos deben estar crepitando en sus tumbas ante el vacuo y ofensivo pseudolirismo de ChatGPT, que a diario implementan los tantos iletrados tumbaollas, gastromonguers y zampafoodies que pueblan las redes cual plaga bíblica, lacra gafosa, pestilencia medieval o pandemia contemporánea.

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Ante la imposibilidad de hacer en este espacio una mínima y coherente recensión en de los centenares de personajes de talla nacional e internacional que aparecen en las fotos, he optado por contar aquí mi propia anécdota, en la convicción que tenemos todos los lerdos de que “lo nuestro” le puede interesar a alguien situado un poco más allá del forro de la propia chaqueta. Alla por los estertores de los noventa, cuando dirigía y presentaba La Tarde de Cope, tras la jacarandosa estampida de la titular, nunca bien ponderada y amita eterna María Teresa Campos, recibí a Lucio en el estudio para hacerle una entrevista que finalmente resultó, creo, jugosa, amena y harto entretenida. El mítico hostelero debió quedar muy satisfecho y en la despedida, ni corto ni perezoso, sacó su tarjeta de visita para anotar en el reverso unas indicaciones al personal de su establecimiento para que estos me atendieran como a un señor, y no como a lo que soy, cuando visitara Casa Lucio. Ni qué decir tiene que, ante el riesgo más que evidente de llegar a sentirme como el pretendiente de Mariette en la canción de Georges Brassens: “… avec mon carte de visite, j’avais l’air d’un con, ma mère”, nunca llegué a utilizar tan peculiar salvoconducto.

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Y luego vinieron las pertinaces sequías seguidas de la modernidad líquida de Zigmunt Bauman, para dejarme al fin esperando, talmente avec l’air d’un con, al buñueliano ángel exterminador y al apocalíptico fin de los tiempos, porque, como aprendí de don Miguel de Unamuno en uno de sus chascarrillos, lo importante es dejar pasar el rato.

Ah, que se me iba, y como diría Mario Moreno, “Cantiflas”: “… pues no se me adelanten… pero tampoco se me atrasen”, que la exposición estará abierta un par de meses, y, aunque quizá haya bises, conviene estar atento.