De ostras proletarias capitalinas

Ostras con limón
Ostras con limón

Miguel Ángel Almodóvar

A alguno le costará creer que en los años veinte del pasado siglo era frecuente que jornaleros, proletarios, honrados cajistas que no debían n’a, y currelas de Los Madriles, solieran meterse entre pecho y espalda, para aperitivear o merendar, y casi de a diario, una buena docenita o docenaza de ostras.

Y si la palabra de quien esto escribe no les llega, remito a la prueba de un artículo que la gran escritora y novelista del naturalismo Emilia Pardo Bazán publicó en el diario La Nación, de Buenos Aires, en octubre de 1919.

Se dirige la ínclita condesa a la mucha gente: “… adinerada que viene de la América española a la Península, sin más objetivo que ver nuestro solar, y distraerse en Madrid frecuentando los sitios donde la gente se reúne, se me ocurre avisarles de que, si son algo gastrónomos, frecuenten más bien los merenderos populares y los restaurantes de medio pelo, que los hoteles de lujo, o que los chalets del tiro de pichón, del golf, y otros donde se agolpa la multitud elegante”.

Sostiene doña Emilia que en la mayoría de los restaurantes anclados en los hoteles de lujo madrileños se come fatal y su organización es muy deficitaria: “Yo no admito que en un gran hotel instalado en Madrid se excluya sistemáticamente de sus listas los platos españoles, ni que en su botillería no entren en turno los refrescos españoles “.

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Le irrita especial y concretamente a la dama que en estos establecimientos haya desaparecido el que da título a la veraniega zarzuela de Federico Chueca y Miguel Ramós Carrión: “Si en ellos pedís un azucarillo -un modesto y vaporoso azucarillo de limón- para dulcificar una vaso de linfa del Lozoya, pongo por caso, habrá que ver la cara escandalizada del camarero, su reserva de indignación, su asombro. Dijérase que nunca ha oido hablar de azucarillos en su vida, que le piden una fruta de los trópicos, muy rara y que es preciso traer de lueñes tierras”. Y decimos Nos que, pupila ninchi, ahí es n’á lo de la “linfa del Lozoya” de la señá Emilia.

Pero lo que más encocora a la Pardo Bazán en aquel año de gracia de 1919 es que en las meriendas de los hoteles madrileños de postín no haya más oferta que el consabido té y lo que: “… rutinariamente le acompaña, como pan tostado, emparedados y pasteles, sin omitir la mermelada, que ya va siendo como en ungüento amarillo”.

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Por eso aconseja a los potenciales turistas de la entonces económicamente poderosísima Argentina, salgan de tales entornos y se refugien en tabernas castizas, como la de Antonio Sánchez, o merenderos a orillas del Manzanares o encaramados a los tesos de la Dehesa de la Villa: “… donde las bodas de la chulería se desarrollan con alegrísimas notas organillescas que lanza el chotis castizo al cielo implacablemente azul”.